Leishmaniosis canina: nuevos marcadores pronósticos que guían la terapia

Qué ha pasado
Hace pocas semanas se publicaba en la revista Parasites & Vectors un estudio retrospectivo que aporta una pieza clave en el manejo de la leishmaniosis canina: identificaba marcadores serológicos y clínicos que pueden asociados con un peor pronóstico.
Entre los hallazgos clave: los perros jóvenes-adultos, de tamaño grande, y aquellos con signos oculares o gastrointestinales presentan mayor riesgo de recaídas y muerte. El tratamiento inicial elegido y el uso de domperidona también influirían en la evolución. Estos resultados ayudan a anticipar complicaciones, adaptar protocolos y priorizar seguimiento.
¿Por qué importa esto?
El gran desafío de la leishmaniosis es su variabilidad: algunos perros responden bien al tratamiento y sobreviven muchos años, otros recaen repetidamente o mueren relativamente pronto. Esa variabilidad complica decisiones terapéuticas, pronósticos, seguimiento y comunicación con propietarios.
A pesar de décadas de manejo, hay pocos datos robustos sobre qué factores determinan un curso más grave o con más recaídas. Por eso este análisis, que revisa dos décadas de casos, representa un avance práctico: permite identificar desde el primer momento qué pacientes necesitan un seguimiento más estrecho, cuál puede ser la respuesta esperable al tratamiento y en qué situaciones conviene adaptar la estrategia terapéutica.
¿Qué hicieron exactamente?
El trabajo revisó historias clínicas de 300 perros diagnosticados de LCan entre 2000 y 2022 en el Hospital Clínico Universitario Complutense. De cada paciente se recopilaron datos demográficos, epidemiológicos, clínicos, serológicos y de tratamiento, así como la evolución a largo plazo: necesidad de múltiples ciclos terapéuticos y mortalidad o eutanasia atribuida a la enfermedad.
Con toda esta información se desarrollaron modelos estadísticos orientados a identificar predictores de recaídas y de muerte.
Qué descubrieron
Identificación de pacientes de alto riesgo.
Los animales jóvenes adultos (3-4 años) presentaron mayor probabilidad de necesitar tratamientos repetidos. Aunque inicialmente pueda sorprender, tiene sentido clínico: son animales con gran actividad exterior, con más oportunidades de exposición al vector, y con un sistema inmune aún en fase de estabilización respecto al de perros maduros.
El tamaño corporal también importó. Los perros grandes se asociaron tanto a más recaídas como a mayor mortalidad. De nuevo, la explicación puede estar en el estilo de vida (más horas al aire libre expuestos a los flebótomos) y en un perfil de tutor menos concienciado de la importancia de la prevención.
Signos clínicos que alertan de peor evolución
En relación con los signos clínicos, el estudio alerta de la importancia de dos grupos de manifestaciones: las oculares y las gastrointestinales. Las primeras reflejan procesos inmunomediados como el depósito de inmunocomplejos en estadios avanzados asociados a respuestas inmunitarias ineficaces. Los signos digestivos, por su parte, se correlacionaron con peor pronóstico posiblemente porque, en muchos casos, son consecuencia de una afectación renal previa. Esto es coherente con otro de los datos clave: los perros clasificados en estadio IV LeishVet tenían un riesgo de muerte 25 veces superior al de los perros en estadio I, subrayando que el daño renal continúa siendo el principal determinante de supervivencia en LCan.
Serología. No tan útil como solemos pensar
Un resultado especialmente interesante es que los títulos de anticuerpos al diagnóstico, aunque útiles para confirmar infección, no fueron, por si mismos, predictores fiables ni de recaídas ni de mortalidad. Esto refuerza un mensaje que cada vez gana más peso: la serología es una herramienta diagnóstica, no pronóstica, y debe interpretarse siempre junto a la clínica, la bioquímica y el estado renal.
El papel del tratamiento inicial
El impacto del tratamiento inicial fue otro punto destacado. Los perros tratados desde el principio con Miltefosina + Allopurinol tuvieron cinco veces más probabilidad de requerir ciclos repetidos que aquellos tratados con Meglumina antimonato + Allopurinol. Aunque parte de este efecto podría deberse a que la miltefosina se usa más en perros con enfermedad renal previa, los resultados sugieren que, cuando no existe contraindicación, el antimoniato de meglumina podría ofrecer mayor control a largo plazo como primera línea.
Finalmente, uno de los hallazgos más comentados del estudio: el uso de Domperidona se asoció con una reducción del 88% del riesgo de muerte o eutanasia. Aunque, al tratarse de un estudio retrospectivo, no se puede afirmar causalidad, esta asociación refuerza el interés clínico de las terapias inmunomoduladoras o de apoyo en pacientes bien seleccionados.
Qué significa todo esto para tu práctica clínica
Mejor estratificación del riesgo desde el diagnóstico
Una de las grandes aportaciones de este trabajo es que permite anticipar, desde el primer contacto, qué pacientes pueden requerir un seguimiento más estricto. Un perro joven-adulto, grande y con manifestaciones oculares o gastrointestinales tiene un perfil de riesgo muy diferente al de un perro algo más mayor, pequeño y con signos leves. Esta estratificación es muy útil para explicar al tutor qué esperar, qué complicaciones son más probables y por qué se recomienda un plan de revisiones más intenso.
Serología: útil pero no pronóstica
El estudio también invita a revisar cómo interpretamos la serología: los títulos no deben guiar decisiones sobre pronóstico ni justificar tratamientos prolongados o análisis excesivos si la clínica y la bioquímica indican estabilidad.
Elección del tratamiento inicial y terapias de apoyo
Respecto al tratamiento, aporta argumentos para elegir con más criterio la pauta inicial. El antimoniato de meglumina continúa mostrando buen control a largo plazo cuando el paciente lo tolera, mientras que la miltefosina sigue siendo la alternativa válida en perros con riesgo renal, aunque con la expectativa honesta de posibles retratamientos.
Por último, el papel potencial de la domperidona como apoyo terapéutico abre una puerta interesante, especialmente en perros con riesgo de progresión. Su uso debería seguir siendo individualizado, pero el estudio respalda que puede tener valor añadido en ciertos contextos.
Conclusión
Este estudio refuerza la idea —ya intuida en clínica— de que la leishmaniosis canina no es una enfermedad uniforme. Identificar perfiles de riesgo ayuda a planificar mejor, tratar con más precisión y comunicar de forma más clara a los propietarios.
Las limitaciones de este estudio son inherentes a su carácter retrospectivo y obligan a interpretar algunos datos con cautela.
Referencia del artículo original
Sarquis J, Sanz C.R., Raposo L.M., Montoya A, Checa R, Barrera J.P., Gómez-Velasco C., Estevez E.S., Miró G. (2025). Unveiling prognostic indicators in canine leishmaniosis: two decades of evidence. Parasites & Vectors, 18:467. https://doi.org/10.1186/s13071-025-07042-0



